miércoles, 14 de mayo de 2014

Bosque y Olvido

¡Hola otra vez! Como todas las semanas, vengo a publicar algo nuevo. La universidad y el tema de viajar todos los días, no me está impidiendo publicar semanalmente, al menos de momento, y eso es algo para festejar. (¿Es algo para festejar?). En fin. Siguiendo la linea de la publicación anterior, les dejo algo de mi autoría. Un cuento que escribí hace algún tiempo y me gusta bastante. Yo espero que a aquellos que lean el relato, lo disfruten. Me limito ahora a dejarles el cuento y me retiro. ¡Hasta la próxima semana lectores!



Bosque y Olvido

“Todo lo que vemos y cómo nos percibimos, no es más que un sueño dentro de un sueño” 
Edgar Allan Poe.

     Abría sus ojos, un poco sorprendido por poder hacerlo, y otro poco asustado, muerto de miedo por dar cuenta de que se encontraba lisa y llanamente perdido. Sintió el frío acariciar su piel y constató que estaba desnudo. Observaba. Arboles a su izquierda. Arboles a su derecha. Todo se tornaba muy misterioso para aquel que acababa de despertar. Sentía una angustia en el pecho, un dolor de proporciones inmensas y monstruosas. Intentaba recordar cómo había llegado a ese sitio, y su mente solo le devolvía una página en blanco y unas imperiosas e indecibles ganas de llorar –Y patalear si le fuera posible –pues se esforzaba, ponía todas sus energías en ello. Pero solo lograba hacer rodar por sus mejillas alguna lágrima redonda como un balón de futbol. También acudían a su cabeza intensos dolores. Pensó que quizás fuera eso a lo que la gente llama migraña. 
     De un momento a otro el hombre levanto su desnuda humanidad de aquel suelo lleno de lodo, donde tampoco faltaba la hierba alta y las incalculables hojas doradas caídas desde las cúpulas de los altos arboles. Maldijo su destino para sus adentros. Alzó un grito lleno de furia hacia el cielo y fue a golpear su frente contra un robusto árbol que se alzaba imponente ante él. El golpe de la embestida fue seco, y el sujeto fue a caer nuevamente al suelo, entre el lodo y las hojas muertas (Pulvis es et in pulverum reverteris) su cerebro había sido sacudido con fuerza. La fuerza de su propia furia, la fuerza de un pasado que no podía vislumbrar. Pero esas palabras ahora se movían por su mente, giraban y giraban, ocupaban todo su pensamiento. Pulvis es et in pulverum reverteris. ¿Quién era él? ¿De dónde venía? ¿Qué MIERDA hacia en ese bosque?
      Se sentó y abrazo sus rodillas, hamacándose en forma histérica. De pronto algo hizo corto circuito en su cabeza. Una visión paso por sus ojos, como un flash back en alguna serie de televisión. Una larga y sedosa cabellera dorada. (El hombre se toca la cabeza, corroborando que era calvo). Ropas que le daban a su aspecto un aire de poder y soberbia. (Acariciaba sus brazos desnudos y se protegía del frío). Y una mujer. Una hermosa mujer abrazándolo, acariciando el contorno de su rostro y besándole tierna y suavemente los labios mientras una sonrisa cálida iluminaba su rostro. (¡El dolor! ¡El dolor!). 
     ¿Quién era? ¿Quién era él? ¿Por qué estaba ahí? Sus manos eran ásperas ahora. Supuso que en otro tiempo no habrían sido así; sus uñas eran como las garras de un depredador indomable. Un tigre, quizás. Sintió algo moverse en su interior al hacer esa observación, y comenzó a reír histéricamente, a arañarse. A llorar.

       (¡El dolor! ¡El dolor!)

-Dios. ¿Qué es lo que hice para merecer todo esto? –Dijo habiéndose calmado, quizás horas más tarde. 

       Nada. Oyó un pájaro cantar a lo lejos. Un grillo podía oírse frotar sus alas en forma estridente. La escasa luz que le llegaba hacía que su soledad y la falta de una respuesta para sus interrogantes fuese el doble, o tal vez el triple de agobiante. Sentía el corazón huero, y no podía dejar de pensar en esas imágenes (La mujer), en esa sensación de poder que había sentido al vislumbrarse vestido de aquella manera. Todo era confuso y angustiante. TODO. A cada momento y cada instante, sentía que estaba a punto de acabar con su vida y sus preguntas. Al final, decidió comenzar a caminar. Se incorporo con cierto trabajo, y al hacerlo tropezó y cayó junto al árbol que había envestido hace solo unas horas atrás. Se sentía desdichado. Dio un largo y profundo suspiro y luego se volvió a incorporar con ayuda de aquel árbol fuerte, imponente y macizo –El sabia que aquel ser de la tierra era fuerte y macizo- El también era un ser de la tierra en cierto modo. O eso se dijo para sus adentros mientras, aun sujetado al fuerte tronco, observaba la copa de aquel asta del bosque. Solo que él no era fuerte ni macizo. Era débil y frágil. Era una copa del más fino cristal. No había comparación alguna frente al titánico ser del que se sostenía. Por fin reunió fuerzas y tambaleándose de un lado al otro comenzó a caminar. Pasó a paso, pie a pie. El silencio resultaba dulce, y un tanto aterrador a la vez. El sonido del silencio hacia extrañar al sujeto situaciones que no conocía. Quizás su subconsciente recordara muy vagamente experiencias de reuniones con amigos, o cosas similares. Por aterrador que fuese el bosque, le resultaba bonito y se le antojaba lleno de paz. El hombre seguía, no obstante, repitiendo una y otra vez aquellas escenas en su cabeza. Su cabello. Ropas que lo vestían muy bien. LA MUJER. Los besos. Las caricias… Algo despertaba en el, una indómita sensación de impotencia y furia. LA MUJER. Su cuerpo comenzaba a acelerarse, y su ritmo cardiaco aumentaba casi al infinito. Las mismas preguntas de siempre, y las respuestas de la brisa. Un silbido, un largo y eviterno silbido, que lo llenaba de impotencia y le hacía sentir en su propio interior el inconfundible hedor de la muerte. Siguió a paso lento y torpe caminando entre árboles, arbustos y pequeñas lagunas. La humedad era realmente insoportable, y el calor hacia lo propio. 
     A medida que exploraba el bosque comenzaba a notar que esa soledad oscura y tenebrosa le gustaba. De un modo extraño le despertaba una simpatía particular. Las ramas crujían mientras el proseguía su larga marcha, a paso irregular y tambaleante. Un paso sin ninguna sutileza, desprovisto de todo equilibrio. Una sonrisa leve se dibujo en su rostro al pensar en aquello. Pues se sentía cómodo, aunque el dolor en su pecho y los interrogantes no dejasen de molestarlo. Él sabía que había cosas que averiguar, pero… ¿Estaba dispuesto a arriesgarse a abrir las puertas que tuviese que abrir, y encontrarse con lo que sea que lo esté esperando allí? Un horror indecible lo atropello entonces. Pero se dijo que sí. Se dijo que era un riesgo que quería tomar. Inflo el pecho, orgulloso de su valentía y miro hacia el cielo. El sol de la tarde se filtraba entre medio de las hojas de los incontables árboles de proporciones titánicas que se alzaban a su alrededor. Escucho un crujir de hojas, y unos pasos veloces cerca de él. ¿Le estarían siguiendo? ¿Espiándolo quizás? Tragó saliva y cambio su rumbo en torno al sonido que acababa de oír. Anduvo lo más rápido que pudo en pos de aquel ruido de pasos entre hojas crujientes, tierra húmeda y algunos solitarios charquitos de agua, pero no fue capaz de ver nada realmente. Y ahora se había alejado de ese camino apenas marcado que se encontraba siguiendo desde hacía un tiempo. Estaba perdido, aunque lo había estado desde aquel momento en que despertara. 
     Miró en derredor. Pudo notar que el bosque aquí era mucho más espeso y oscuro. No había ni el más mínimo rastro de modificaciones realizadas por el hombre. La belleza de aquella espesura era siniestra. En algún punto, aquello además de agradarle, le pareció familiar. No le recordó a nada, pero una sensación de haber estado ahí se instalo en su cabeza como una especie de Deja-vu. El sol comenzaba a regalarle a la tarde sus últimas caricias. 
       El hombre sigue marchando hacia adelante. Sin rumbo fijo, hacia el frente. Escuchando el rumor de aquel sitio, y aquella quietud que se le antojaba tortuosa, aterradora. El silencio antes de la tormenta. Después de andar algunos minutos más en aquella soledad, topó con algo que en verdad no esperaba –Aunque para ser exactos, aquel ser no esperaba nada realmente. Quizás solo la muerte- Una cabaña moraba allí en medio de la nada. El hombre la observo minuciosamente a la distancia, parecía que sus ojos iban a salirse de sus orbitas oculares. Se refregó los ojos una o dos veces. Pensando que quizás aquello fuera como los espejismos que aparecían a los caminantes del desierto. Pero nada de eso, aquello parecía tan real como todo lo demás, y tenía el mismo toque de todo lo que lo rodeaba, un toque oscuro y lleno de malevolencia. Hizo una profunda inspiración como para darse ánimos y comenzó a caminar en dirección a la cabaña. Pudo notar que transpiraba, y que la leve herida que se había ocasionado al envestir al árbol, ya había coagulado. Había llegado a la puerta y allí se detuvo, algo en su cabeza daba vueltas. Una visión atropello su mente entonces. Un caballo moro se movía entre el bosque, montado por el hombre y la mujer. Bajaban en aquella vivienda. Abrían la puerta… Y ahí estaba él, en la puerta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario