Sin Respuesta
Llovía. Llamé cuatro o cinco veces a su teléfono celular. La incertidumbre, cicuta para el que espera. La luz. El trueno que le sucede. ¿Qué le habría pasado? Ella siempre me había atendido las llamadas, aunque por prudencia me volviera a bautizar aveces. Me había llamado "Pá", "Vero", "Primo Cesar". No me enojaba. Yo la entendía. Ahora no atendía, y yo, enloquecía. Seguí caminando por aquella senda de la ciudad de Córdoba que por el horario, se encontraba imbuida de sombras.
Volví a llamar. 0-800 desesperación.
Harto de ese andar sin sentido -y después de blasfemar y una, y otra, y otra vez -pensé en volver al departamento. Quizá no me quería ya. Quizá su celular estaba apagado. O quizá... Quizá... No me sirve de nada seguir conjeturando sobre esto. Quizá mañana ella sea quien llame. El nuevo día traería respuestas... Quizá.

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